La lucha sindical es, en su esencia, la más noble de las batallas: la que se libra cada día con la convicción de que la dignidad del trabajo no es una concesión, sino un derecho inalienable. Es un río caudaloso que ha recorrido la historia, alimentado por el esfuerzo y la valentía de millones de trabajadores que, con sus manos y su inteligencia, construyen el mundo. Cada paro, cada negociación, cada marcha no es un acto de confrontación, sino un ejercicio de memoria y de esperanza; es el recordatorio constante de que los avances sociales no fueron regalados, sino conquistados con firmeza y unidad. Defender nuestros derechos es, pues, defender la historia misma del progreso humano.
En esa crónica de sacrificio y perseverancia, hay voces que trascienden su tiempo y se convierten en faros que iluminan el camino de las generaciones futuras. Francisco “Paco” Urondo, poeta, periodista y revolucionario argentino, fue una de esas voces. Aunque su pluma se volcó contra las injusticias de toda índole, su compromiso lo llevó a comprender profundamente la lucha de los trabajadores, a sentir como propia la angustia del oprimido y la esperanza del que se organiza. Urondo entendió que la verdadera revolución era aquella que pudiese transformar la vida material y espiritual de cada hombre y mujer, empezando por el reconocimiento de su valor en el trabajo.
Su legado se condensa en una frase que resuena con una fuerza particular en el corazón del movimiento obrero: “Hasta que todo sea como lo soñamos”. No es una simple consigna; es una promesa, un horizonte en movimiento. Es la certeza de que la tarea nunca termina, que cada logro es solo un peldaño hacia una sociedad más justa, equitativa y solidaria. Esta frase nos interpela a no conformarnos con lo mínimo, a no claudicar ante la adversidad, y a entender que cada derecho arrebatado debe ser recuperado y cada derecho conquistado, protegido y expandido.
Soñar, en el contexto sindical, es la herramienta más poderosa. Es soñar con un salario digno que permita vivir y no solo sobrevivir; es soñar con condiciones de trabajo seguras que respeten la integridad física y mental; es soñar con una jubilación justa como corona de una vida de aportes; es soñar, en definitiva, con una democracia real donde el poder no resida en el capital, sino en la comunidad organizada de trabajadores. El sueño de Paco es el nuestro: un mundo donde la explotación haya sido erradicada y la solidaridad sea el motor de la economía.
Por eso, cada vez que levantamos un cartel, negociamos una paritaria o apoyamos a un compañero, estamos sembrando el futuro. Estamos escribiendo con nuestra acción la estrofa final de ese gran poema colectivo que Urondo nos legó. La lucha es la tinta, la unidad es el papel y nuestra convicción es la mano que guía la pluma. Seguimos adelante, con la mirada fija en ese horizonte, porque la tarea no termina hasta que la dignidad sea la moneda de cambio y la justicia, el aire que todos respiremos. Seguimos adelante, hasta que todo sea como lo soñamos.

“Hasta que todo sea como lo soñamos”


